Miedos felices

Un día me encontré con el miedo. Sentí que mi corazón me provocaba el impulso de huir, que un escalofrío recorría mi cuerpo. Así que escapé por una calle estrecha y oscura. Se me olvidaba contar que la calle por no tener, no tenía ni salida. Y que terminé frenada contra un muro,  contra una pared gigante, sin ninguna escapatoria. 

Lo que pasó después es que yo quise ver el final con mis propios ojos y me topé con un rayo de sol, un bulevar lleno de gente, carcajadas de fondo y un par de gatos callejeros. También me vi a mi creciendo de golpe y enfrentándome a lo que algún día me hizo sentir completamente inválida.

Bueno, os hablo de la vida, de que tenía la manía de huir para sentir lástima de mi misma porque no quería darme cuenta de que si te miraba a los ojos y te hacía costumbre dejarías de ser miedo para convertirte en realidad, en una rutina de buenos días, en juegos constantes en los que solo me escondo cuando quiero que me busques. Y que me encuentres.

Entendí que había perdido gran parte del tiempo creyendo que las cosas eran complicadas y que todo el mundo tenía que terminar por hacernos heridas, dejándonos igual de rotos que el primer día que nos vieron tirados en la calle, con la boca entreabierta, los labios secos, la cara mojada y la vista empañada. 

Resultó, entonces, que la persona a la que yo llamaba miedo me miraba como si yo fuera esperanza. Tuve que empezar a creer en que los sueños, a veces, forman parte del 've y consigue lo que mereces'. Comprendiendo, al fin, que, limitándome a vivir lo realmente inevitable, no tendría nada que mereciera la pena contar.

Inundaba con su risa el vacío

Entonces pasa eso de que los huesos se nos llenan de espíritu navideño y nos creemos que todos los errores que hemos cometido los podrán arreglar un montón de luces cubriendo calles y una estrella en lo alto de un árbol. Que podrá ser cierto que el tiempo cura heridas que, a primera instancia, parecen irreparables, pero que debemos ser un poco consecuentes con la verdad... y la realidad es que nos hemos dejado vencer por nosotros mismos porque hemos dejado que nos importe que otros quisieran rompernos en mil pedazos. 
Ahora supongo que el procedimiento será brindar con champán, echar un par de vistazos a ambos lados y ser consciente de que, en realidad, no tienes un lugar, pero que ahí estás. Y, cómo no, jugaremos a intercambiar sonrisas, diremos que todo está bien porque nos hemos dado cuenta de que el tiempo cada vez pasa más rápido y de que la vida seguirá, empezará un año nuevo y volveremos a prender el fuego... las cosas empezarán a ir mal y la culpa será nuestra por dejar las puertas abiertas al caos. Porque hay cosas que es mejor dejar por el camino. Y hay personas que también. 
Sin embargo, soy tan tóxicamente estúpida que no me importa si apareces abatida después de la guerra y me pides una tregua, un poco de paz en medio del combate. Pero también seré realista y recogeré las ganas de quedarme, las cambiaré por un poco de fuerza de voluntad y saldré por la puerta de atrás, no sin antes decirte que se acabó la calma, que es hora de sacar las armas y que, esta vez, lucharé a favor de mi. 

Uno a uno


Sería bonito que no perdiéramos tantas ocasiones de dar las gracias a esas personas que, aunque de manera inconsciente, nos hacen sentir como alguien imprescindible en un mundo gigante. Pero sobretodo, sería interesante decirles que hicieron de tu caótico día, un día que mereció realmente la pena porque sabías que contabas con amigos de verdad. 

Debería ser imprescindible dejar la puerta abierta para todas esas personas que se alegran de tus fracasos tanto que parece que se trata de sus propios méritos... porque causas vacías no queremos en nuestro desastre, nosotros con lo nuestro ya tenemos bastante. 

Pero tendría que ser obligatorio el dejar salir un par de carcajadas sinceras uno de esos días grises en los que parece que el camino a casa es infinito, en los que seguirías andando durante horas con un disco capaz de hacerte olvidar que las cosas han salido mal, a sabiendas de que mañana, poco a poco, todo volverá a la normalidad. 

365

Cuántas cosas cambian en un año, un par de parpadeos y nada vuelve a ser igual. Aprender a respirar bajo el mar, saltar precipicios y aprender a volar, naufragar en una isla paradisíaca, encontrar un nuevo hogar, ser cómplice del desastre y seguir aniquilando todo lo que tocas. Mi particular manía de sonreírle a la adversidad, la única manera de salir airosa de toda guerra. Mi fama, la que me he ganado a base de fracasos y de éxitos. Todos míos. No me avergüenzo. 
Los que se quedaron atrás tratan de vengarse, como si fuera la última oportunidad para recuperar la honra del combate. A sabiendas de que, el que compite solo, también ganará y perderá solo. Y, esta vez, puede ser que el premio sea no volver a tener nada. 

Trescientos sesenta y cinco días de lluvia seca, sol penetrante y muchas risas de amigos que me han dejado claro que sí que puedo confiar. Pero que no podré hacerlo en todo el mundo. Muy pocos errores en mucho o muy poco tiempo. Y muchas cosas felices que archivar en el único lugar del mundo donde permanecerán siempre. 

Trescientos sesenta y cinco días de amor inmenso. De ese que parece que no cabe en el pecho. Del que te hace olvidarte de que solías retratar sólo las emociones tristes. Un amor tan grande que parece ser capaz de terminar con mi autodestrucción interna. El único rayo de luz en mitad de un eclipse. Una dosis utópica de sinceridad y confianza. 

Él sin ti

Te dejaba ir porque, cuando un camino toma dos direcciones diferentes, es inútil decirle a alguien que quiere seguir andando que se quede amarrado al último punto de la historia en la que podrían ser felices. Juntos. 
Y es verdad eso de que todo llega, como lo hace este momento en el que te marchas y me dejas el armario lleno de piezas sueltas que, sin ti, ya no tienen sentido. 
No sé quién fue ese huracán que te cogió de la mano y te guió hasta desaparecer en medio de la nada, creyéndome hacer que había una excusa más que la obvia de que necesitabas huir.  Huir porque tu siempre has sido de arrasar con todo, de romper todo lo que tocas con las manos para, finalmente, coger tus cosas de manera sigilosa y dejar clavada en una chincheta una nota en la que tratas disculparte por ser como eres, imprevisiblemente loca, absurda e idiota. 

Y yo, que lo siento, pero no puedo perdonarte, recojo un par de fotos y las meto en un cajón, creyendo que así tu olor a libertad también se irá o se quedará guardado hasta nuevo aviso. Y, por si acaso, doblo una camiseta vieja con restos de pintalabios marrón y la coloco debajo de mi almohada, por si esta noche te arrepientes y decides quedarte a dormir. Por si al salir decides volver a ser tuya, pero conmigo. 

Dear friends

Amigos.
Los amigos se han ido sumando y esfumando a medida que han ido pasando los años. Y ya no hablo de aquellas personas que entraron en nuestra vida con una misión y que se fueron al poco de acabarla, hablo de los amigos, los que nos vieron caer mil y una veces en la misma piedra y siguieron ahí. Los amigos de verdad, los que tienen un protocolo de actuación preparado por si ocurre algún imprevisto. Amigos, los que aparecen en la puerta de casa a los diez minutos de recibir una llamada de emergencia, los que te llaman un día triste sabiendo que te oirán llorar, pero que, por si acaso, lo harán para decirte que todo terminará por salir bien y que ellos serán la causa y la consecuencia del desastre. 
Yo tuve y tengo la suerte de haber conocido personas que han marcado un antes y un después. Personas fundamentales. Personas como no habrá otras iguales. 
Entre ellas, la que me miraba a la cara y sin decir nada entendía hasta lo que yo no podía explicar, la misma que inundaba con su risa el vacío, la que me hacía sentir libre y comprendida en un mundo de mucha soledad, la rara que dio con la otra rara que yo era e hizo que todo saltara por los aires hasta dar con la mejor versión de mí.
Otra me habría las puertas de su hogar, tenía en sus brazos un recoveco que yo solía llenar cuando algo salía mal, incluso cuando no. Sus ojos eran plena confianza, seguridad. Esa persona que te conoce mejor de lo que tú misma te conoces, la que sabe que te vas a equivocar y en qué momento lo vas a hacer. La que te espera con hilo y aguja, con paciencia en el punto de no retorno. La que nunca te llamará loca porque odia la cordura y le encanta vivir con tu caos.
También la que es tu polo opuesto, pero perfecto complemento. La que te ayuda a crecer y a entender distintos puntos de vista, a ser más justa con el injusto. La que en un principio te complementaba en su distancia y la que termina por valorarte tanto que se queda cuando hasta el lazo de unión se va.
Otra con la que podría tirarme hablando todo el día sin temor a no encontrar nada que decir, con la cual los silencios también son parte del tema de conversación, lejos de sentir un vacío. La que me hace reír y perder la noción del tiempo, la que me acompaña a cualquier sitio sin plantearse cuál tonto es el destino al que quiero llegar. 
También están las personas que ves cada cierto tiempo sin apreciar cambios, las que tardan un café, tres cervezas y un par de copas en ponerte al día y, aún así, necesitan un poco del día siguiente porque los detalles se quedan sin contar. Las que te hacen ver lo bueno de la vida, el lado positivo de las cosas, el lado pícaro, el valiente, el repentino. Esas personas que te impulsan a hacer lo que sola no te habrías planteado, con tan buena suerte de que todo sale bien porque por lejos que estén, nunca te dejan al margen. 
Personas que no quieres conocer, personas que terminan siendo la otra tú en un lugar del mundo. Personas que conoces de imprevisto, personas que en principio encajan, pero que terminan rompiendo el puzzle. 

Os quiero. Y mucho. 


Eres tú


Eres tú porque me haces brillar en la oscuridad, porque cuidas tan bien mi vulnerabilidad que creo que soy fuerte. Eres tú porque has rehecho un muro completamente derrumbado y lo has conseguido pieza por pieza, siempre más despacio que deprisa. Eres tú porque no me reprimes el alma, porque no me haces sentir pequeña en un mundo de grandes, sino un gigante encerrado en el cuerpo de alguien diminuto, pero imprescindible. Eres tú porque tu espalda me cuenta que no solo hay poetas tristes, también los hay que escriben por amor y que se embarcan en una aventura muertos de miedo porque eso significa vivir. Eres tú porque las baladas tristes contigo no suenan a despedida, pero sí a eternidad. Eres tú porque no me prometes nada que no seas capaz de cumplir, porque no me ves capaz de no hacer algo, porque serás el primero en empujarme a conseguir algo absurdo que me haga feliz y estarás pendiente por si algo sale mal. Eres tú porque no entiendes el problema sin la solución, porque no crees en la imposibilidad de hacer algo. Eres tú porque sabes que puedes solo y, aún así, no has pensado en la posibilidad de dejarme al margen. Eres tú porque estamos abocados a una calle sin salida y todavía quieres seguir andando.

Y es por esto (y por muchas cosas más) por lo que renunciar a ti sería renunciar a vivir la vida frágil desde la perspectiva de un valiente. Sería malgastar el tiempo buscando una razón por la que seguir que no fuera porque sí.