Más treguas como tú

Nostalgia de tardes de lluvia, de paseos en coche con los cristales empañados. Nostalgia de sentir, de esperar a sabiendas de que llegará, de volver, siempre volver. Paz entre tus brazos y mucho caos ahí fuera. Muchos intentos derrapando por el borde del precipicio, muchas ganas de romper con el miedo y gritarle a la vida que debería de concederme más treguas como tú. 

Me rozas el corazón con la yema de tus dedos y sin tocarme. Un nudo enorme en el pecho, yo naufragando en la calle paralela a tu casa, lanzando dardos, pidiendo auxilio. Me despido y entre líneas se intuye que preferiría que te quedases. 

Entonces, abro una botella y brindo porque dicen que todo pasa por algo. Bebo de trago y recuerdo cómo jugaba a ser perfecta. O quizá un poco menos mala. Tú solo tenías que encontrar un motivo por el cual mereciera la pena arriesgarse a perder la batalla. O la cabeza. 

Cicatrices

Quizá el peor hasta que he cometido ha sido besar tus cicatrices hasta enamorarme perdidamente de cada historia que tu cuerpo cuenta. Por eso, ahora que parece que dices adiós, yo empiezo a echar de menos los trozos de ti que muestran que no eres perfecto y que también has caído aunque ahora sea yo la estrellada. 

Quizá es porque, después de esta inestabilidad emocional, viene el miedo a la fugacidad. Las cosas empiezan a difuminarse y yo, a pesar de todo, me veo dispuesta a tirarme de cabeza al vacío por cinco minutos más. Aunque eso signifique volver a perderme. 

Y lo peor es que no me importa arder hoy si no sé que mañana desaparecemos. Intento poner las cartas sobre la mesa, mientras encuentro la manera de preguntarte si tú sabías cuál era el final desde el principio.

Y me va a doler, porque ya me está doliendo. Pero me siento bien. Contigo me siento bien. 

Luchando por ser capaz

De ti me gusta que pareces distinta aunque todas lo sean. Me das ganas de escapar de la rutina y de convertir un martes en domingo por la tarde sólo por ver cómo disfrutas las últimas horas de descanso antes de volver a la carga. Y es que, no sé si te lo he dicho, pero a mi me encanta verte así. Luchando por mantener los ojos abiertos, luchando por ser capaz.

Te confieso que yo sé que lo eres, pero que todavía me ilusiono cuando intentas demostrármelo. 

Decisiones que, ahora, llamamos errores

‌Yo perdí a un montón de gente a la que quería mucho porque la única persona que me vinculaba a todos decidió que yo no me merecía un hueco en todo ese mundo en el que yo me había esforzado tanto por entrar. Y la verdad, echo de menos alguna que otra broma, algunos abrazos de personas que ahora me ven y agachan la cabeza por miedo a preguntarme qué pasó o qué tal ahora que hace siglos que no hablamos. ‌Me lo tomo como una segunda oportunidad para hacer las cosas bien, aunque eso suponga añorar el lugar que algún día llamé hogar, el que me abrió las puertas desde el primer momento sin preguntarme cuánto tiempo me iba a quedar. Siento mucho la distancia y siento ser yo la que parezca que se ha ido. Espero, de corazón, que de vez en cuando recordéis a una loca de atar que solo decía cosas absurdas pero que, de vez en cuando, hacía reír y daba sentido a toda esa locura de viaje que parecía que emprendíamos juntos. Espero que vosotros también me queráis siempre como yo os querré porque significará que algo de la historia salió bien, que alguna de todas las decisiones que ahora llamamos errores tuvieron un por qué.

Coincidir

En mi defensa, tengo que confesar que soy incapaz de no esperar si mañana vas a venir a rescatarme del naufragio que ha supuesto levantarme hoy sin saber que volveríamos a vernos. Tengo ganas de ti, de conocerte al tiempo que desmonto la terrible estructura de hierro forjado que cargas a la espalda. Tengo ganas de que me llores, de que me mires con la verdad por delante de nosotros y me digas que, aunque tus planes no eran conmigo, este tiempo compartido estuvo bien. Incluso el día en que tengas que tomar otro camino, espero que seas capaz de decirme que, en vez de perder el tiempo, sentías que ganabas 100 segundos por cada minuto y, que esos 40 segundos extra, eran lo que no esperabas de mi, pero que gracias. 

Amor propio

Pensaba que olvidarte era imposible, pero ayer no sé por qué me acordé de ti no más de dos veces y pronto sentí que había alguien más. Hoy me he acordado tan solo una vez y, por la hora que marca el reloj, creo que será la única. La razón es que hoy también me acordé de alguien más. Me acordé de ese alguien un millón de miles de veces. 

Ese alguien soy yo. 

Cómo y por qué

La verdad es que me arrepiento de lo que te dije mientras colgaba de tu cuello aquella noche. Por aquel entonces, otros ya sabían que aquel abrazo no tenía cavidad en sí mismo y que tú no te merecías escuchar que tenía miedo de atarme al hecho de que no ibas a ser para siempre, que tenía miedo de acabar con todo y de no acabar nunca conmigo. 

Me gustaría haberte explicado que soy una bomba de relojería y que me da miedo ponerme a prueba porque sé que tengo un límite, pero a veces no lo controlo. Deberías haber entendido que tu pisabas mi límite y me hacías estar al borde del precipicio en el que tantas veces caí sin darme cuenta. No sé si fueron nueve, si fueron doce, si fueron veinte. La causa de la consecuencia desastrosa parezco ser yo pidiéndote una tregua para equilibrar mi vida con el caos que estaba suponiendo hacer nuevos planes en los que ya no era uno, sino dos los que tenían que vivir en mi desorden. 

Cómo me ahogabas, cómo me presionabas los intentos para hacerme sentir que yo no tenía nada que pudiera hacerte sentir bien. Cómo lo hacías todo sin que yo quisiera creer que estaba pasando, cómo te hiciste mi tormenta personal, cómo perseguías mi orden hasta hacerlo todo pedazos. Cómo me enseñaste a ser tan dura con el golpe que me acababa de azotar los esquemas de toda una vida. Cómo y por qué.