Luchando por ser capaz

De ti me gusta que pareces distinta aunque todas lo sean. Me das ganas de escapar de la rutina y de convertir un martes en domingo por la tarde sólo por ver cómo disfrutas las últimas horas de descanso antes de volver a la carga. Y es que, no sé si te lo he dicho, pero a mi me encanta verte así. Luchando por mantener los ojos abiertos, luchando por ser capaz.

Te confieso que yo sé que lo eres, pero que todavía me ilusiono cuando intentas demostrármelo. 

Decisiones que, ahora, llamamos errores

‌Yo perdí a un montón de gente a la que quería mucho porque la única persona que me vinculaba a todos decidió que yo no me merecía un hueco en todo ese mundo en el que yo me había esforzado tanto por entrar. Y la verdad, echo de menos alguna que otra broma, algunos abrazos de personas que ahora me ven y agachan la cabeza por miedo a preguntarme qué pasó o qué tal ahora que hace siglos que no hablamos. ‌Me lo tomo como una segunda oportunidad para hacer las cosas bien, aunque eso suponga añorar el lugar que algún día llamé hogar, el que me abrió las puertas desde el primer momento sin preguntarme cuánto tiempo me iba a quedar. Siento mucho la distancia y siento ser yo la que parezca que se ha ido. Espero, de corazón, que de vez en cuando recordéis a una loca de atar que solo decía cosas absurdas pero que, de vez en cuando, hacía reír y daba sentido a toda esa locura de viaje que parecía que emprendíamos juntos. Espero que vosotros también me queráis siempre como yo os querré porque significará que algo de la historia salió bien, que alguna de todas las decisiones que ahora llamamos errores tuvieron un por qué.

Coincidir

En mi defensa, tengo que confesar que soy incapaz de no esperar si mañana vas a venir a rescatarme del naufragio que ha supuesto levantarme hoy sin saber que volveríamos a vernos. Tengo ganas de ti, de conocerte al tiempo que desmonto la terrible estructura de hierro forjado que cargas a la espalda. Tengo ganas de que me llores, de que me mires con la verdad por delante de nosotros y me digas que, aunque tus planes no eran conmigo, este tiempo compartido estuvo bien. Incluso el día en que tengas que tomar otro camino, espero que seas capaz de decirme que, en vez de perder el tiempo, sentías que ganabas 100 segundos por cada minuto y, que esos 40 segundos extra, eran lo que no esperabas de mi, pero que gracias. 

Amor propio

Pensaba que olvidarte era imposible, pero ayer no sé por qué me acordé de ti no más de dos veces y pronto sentí que había alguien más. Hoy me he acordado tan solo una vez y, por la hora que marca el reloj, creo que será la única. La razón es que hoy también me acordé de alguien más. Me acordé de ese alguien un millón de miles de veces. 

Ese alguien soy yo. 

Cómo y por qué

La verdad es que me arrepiento de lo que te dije mientras colgaba de tu cuello aquella noche. Por aquel entonces, otros ya sabían que aquel abrazo no tenía cavidad en sí mismo y que tú no te merecías escuchar que tenía miedo de atarme al hecho de que no ibas a ser para siempre, que tenía miedo de acabar con todo y de no acabar nunca conmigo. 

Me gustaría haberte explicado que soy una bomba de relojería y que me da miedo ponerme a prueba porque sé que tengo un límite, pero a veces no lo controlo. Deberías haber entendido que tu pisabas mi límite y me hacías estar al borde del precipicio en el que tantas veces caí sin darme cuenta. No sé si fueron nueve, si fueron doce, si fueron veinte. La causa de la consecuencia desastrosa parezco ser yo pidiéndote una tregua para equilibrar mi vida con el caos que estaba suponiendo hacer nuevos planes en los que ya no era uno, sino dos los que tenían que vivir en mi desorden. 

Cómo me ahogabas, cómo me presionabas los intentos para hacerme sentir que yo no tenía nada que pudiera hacerte sentir bien. Cómo lo hacías todo sin que yo quisiera creer que estaba pasando, cómo te hiciste mi tormenta personal, cómo perseguías mi orden hasta hacerlo todo pedazos. Cómo me enseñaste a ser tan dura con el golpe que me acababa de azotar los esquemas de toda una vida. Cómo y por qué. 

Lo llamo suerte

No me gusta ver a mis amigas tristes. A mi me gusta cuando nos reímos de nosotras mismas porque somos absurdamente amigas, cuando nos preguntamos qué hacemos juntas siendo tan diferentes y por qué nos va tan bien. Me gusta mucho cuando nos juntamos todas después de meses sin ser capaces de coincidir y nos sobra respirar porque hay demasiadas cosas que contarnos. Me gusta cuando somos cómplices y compartimos cosas que sabemos que el resto del mundo no entendería de ninguna manera. Me gusta cuando el mundo se le cae a alguna y las restantes juntan piezas hasta tener un puzzle completo. Me gusta cuando crecemos juntas, cuando no quieres que nada cambie. Me gusta que cada una lleve su vida y que, entre toda la diferencia, haya un punto común al que siempre volvamos. Me gusta, incluso, cuando hacemos planes que nunca se van a llevar a cabo y soñamos con cosas que tal vez nunca sucedan.

Me gusta cuando soy consciente de lo que tengo; me gusta que sean conscientes de cuánto las quiero.
Es una pena que se distorsionen las historias y que, ahora, después de mil diluvios, olvidemos el por qué empezó realmente la tormenta. Desde aquí te digo que soy tornado arrasando conmigo y que, dentro de mi caos, hay quien está siendo mi paz. Pero no sin antes dejarte marchar. 

'Se piensa el ladrón que todos son de su condición.'