Con dos de azúcar y hielo

Te voy a decir una cosa, yo no he pecado de exigente pero si que he deseado un par de cosas.
Es por todo eso que voy a justificarme y, es más, voy a pedir perdón por volverme loca cuando tus manos me envolvían y le daban forma a todas las partes de mi que se habían roto en un naufragio. Quisiera que supieras que nunca aprendí tanto como aquella vez en la que me tendiste la mano y yo me deshice de ella. Todavía reprocho un poco de cariño y aún siento el haberme escondido de ti. Pensaba que huyendo lograría calmar esas ganas de salir corriendo encima tuya pidiendo que me llevaras lejos y que me cuidaras bien. A estas alturas todavía me quedan unos cuantos cuentos por contarle a los demás, unos cuentan por qué y otros nos arañan sin respuestas. Pensabas que sería fácil y que estarías bien. Es cierto que lo ha sido, y por eso también me siento molesta.

Incapaz de abrir mi corazón a otro salvaje, incapaz de descifrar el enigma de por qué te vas sin avisar cada vez que me haces falta. Ahora que nos hemos perdido de tal forma, ahora que ya no nos quedan más vicios, yo espero un poco de tu hipocresía en el lugar de siempre, pretendiendo que me diga un poco más de todas esas cosas que son mentira y que dolerán cuando ya no estés.

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