Causa de una consecuencia desastrosa

Lo peor de fallar sería darme cuenta de que todas esas personas que desde un principio no confiaron en mi fue porque, tal vez, sabían que no tenían que hacerlo. Esos mismos que no me vieron capaz hablaban de listones demasiado altos y de unas ganas de llegar hasta la cima que solo serían conatos terminados en el más mísero fracaso, el mismo de siempre, el que persigue a los mismos, en las mismas situaciones, en los mismos impulsos.
Honestamente, no trataba de decirles que sí podía a los que se reían mientras daba todo de mi por conseguirlo, el único fin de todo esto era demostrarme que era capaz de llegar allá a donde yo quisiera, sin más armas que yo misma, apartando las dudas que me hacían preguntarme si sería capaz y toda esa desconfianza de tantos que, a día de hoy, es más mía que de nadie.
Entonces podemos seguir juzgando, juzgando y hablando de los demás como si el medio para llegar a nuestra meta fuera hundir sus vidas para sacar a flote las nuestras, dejarlos en ridículo sin más argumentos que la envidia de los que no tuvieron la voluntad de intentarlo y de los que aún así, llegaron más lejos.
Tampoco trato de culpar a nadie, ni a los que me vieron crecer ni a los que me pisaron, no trato de hacerles entender que haga lo que haga con mi vida, seguirá perteneciéndome a mi. Prefiero que entiendan que acribillar a una persona que tiene metas es como cortarle las alas a alguien que pretende y puede echar a volar.
Y puesto que a día de hoy, me fallan los cálculos, me sobran las horas dedicadas y me faltan muchos ratos de los que prescindí por superarme, gracias por todo y por nada, por eso de que los mediocres ya tienen su sitio, por eso de que en la cima hay muy pocos huecos y todos están reservados. O comprados.

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