«Todavía y para siempre».

Sería increíble descubrir la peculiar esencia de cada noche, así como el por qué hay imágenes en nuestra cabeza que se tirarán años apareciendo y desapareciendo cada día una y mil veces. Sería difícil imaginar ciertos momentos en varios lugares, cómo aquella soleada tarde de verano donde el reloj parecía no existir y yo, que nunca quise tomar decisiones sobre el futuro, te pedí que le rogaras a la luna que no viniera más, que fuera ella quien te dejara donde estabas y sobretodo, que me dejara ser y existir, sin cambiarme. Aquel día, la confianza en ésta se esfumó, pues trajo consigo la oscuridad de una noche inmortal de invierno por un intervalo de tiempo que todavía me hace preguntarme cuánto se prolongó. Quizá uno de los continuos dilemas ha sido y será el hecho de cómo alguien puede dar todo de sí sin que nadie vaya a echarla de menos. Es curioso como, a veces, partes de nuestra vida se van por la puerta principal, dando golpes con las maletas en el suelo y haciendo todo el ruido posible, convirtiendo en evidente el hecho de que se marchan, y que aún así, ésto sea invisible ante nuestros ojos. Probablemente, quién se va un día cualquiera, sin una razón definida y con una escusa que encontró a las tantas de la mañana entre sueños y sábanas, volverá o añorará lo que fue, lo que fuiste y por último, lo que no tendrá nunca más.

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