¿Quién prometió un para siempre y mintió?

A escasas horas de terminar la primera quincena de agosto he llegado a mi destino, no me ha quedado más remedio que aceptar que había que volver al mismo sitio dónde he vivido tanto y dónde, al mismo tiempo, este verano me he dejado tanto. Doy por finalizadas mis vacaciones y vuelvo a la realidad aparente que me encuentro al llegar. Nada más entrar por la puerta noto la tranquilidad de residir por fin en casa y el nerviosismo inquieto, el miedo a volver a sentirme tan mal. Apenas una hora y ya tengo ganas de desahogarme con uno de ellos llantos que tanto me hunden, volver a gritar que te echo de menos y que estar aquí sólo me hace pensar que pronto volveremos a encontrarnos y haremos cómo que no sabemos quiénes somos. Mientras yo hago larga tu ida, tú hace mucho tiempo que estás cuidando la venida de otra persona. Otra vez la misma historia de siempre, otra vez necesito hablar con alguien y nadie puede entenderme. Otra vez la rutina de no saber qué hacer conmigo misma, el dolor de que esto siga así. Ha pasado demasiado tiempo, han pasado demasiadas cosas. Es tarde y aunque las cosas cambien, nunca cambian lo suficiente. Necesito vaciarme del vacío que me quedó cuando perdí aquello a lo que yo llamaba vida. Me siento cansada, triste de haber vuelto igual que siempre, igual que hace meses. Un susurro de esperanza me llegó mientras esperaba que me pidieras perdón. Lo siento, yo de veras he de disculparme contigo por creer que abandonarías la lujuria a la que estás sometido por mi, lo siento por pensar que bajarías de lo más alto para decirme que te has equivocado.

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